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La virtúd debe ser una cualidad en la vida de un hijo obediente de D-os. Un hombre honesto, filantrópico, trabajador. Claramente esto se debe al apego y obediencia de los 7 preceptos. No por conveniencia o por que le parescan buenos. Sino por amor y deseo de agradar a Hashem.*

El complimiento de los 7 preceptos, las buenas costrumbres, el equilibrio de caracter y la comunicacion con El Eterno, son el camino a una vida agradable a Hashem.

Esperamos en este sitio halles herramientasy recursos para llegar a esa vida plena, llena de satisfaccón por todas las cosas que D-os no da.

EL AMOR A LOS SERES HUMANOS

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Vaikrá 19:18). Rabí Akiva dijo: “Esta es una gran norma de la Torá”. El amor a los seres humanos no reviste un aspecto meramente emocional, sino que implica una acción: la ayuda al prójimo, el apoyo al necesitado, la contribución para los carenciados, las actividades voluntarias en bien de la sociedad; todo ello requiere una inversión de tiempo, dinero y esfuerzo. D’s dijo a los Hijos de Israel: “Hijos, ?qué les pido? Sólo que se amen y respeten mutuamente” (Tana de Rabí Eliahu Rabá 26).

 

?En qué consiste dicho respeto? Rabí Eliezer dijo: “Que el honor de tu prójimo te sea tan importante como el tuyo propio” (Avot 2, 15). En otro sitio dice: “?Quién es respetable? El que respeta a otras personas” (Avot 4, 1). Para ser respetado hay que respetar, y la acción de respetar honra a quien la pone en práctica. ?Qué es, entonces, el “respeto”? Podemos definirlo como la valoración, los buenos modales, el comportamiento correcto y tolerante con las posturas del prójimo.

 

La acción de respetar tiene muchas facetas. Quien acude a una sinagoga sin kipá, quien entra a una mezquita sin descalzarse a pesar de que debiera hacerlo, o quien se niega a descubrirse la cabeza en una iglesia no está respetando un lugar sagrado. Lo mismo ocurre con quien no respeta las costumbres de otras comunidades, no manifiesta tolerancia ante las opiniones del prójimo (judío o no judío) o desprecia a un ser humano por su origen o por el color de su piel. Nuestros sabios eran conscientes de esta realidad, y por eso determinaron que se debe ser cuidadoso inclusive con el honor de los delincuentes y no burlarse de ellos. Un criminal que ya ha cumplido su condena merece el mismo respeto que todo ser humano. “Cuando los contendientes se presenten ante ti, vélos como culpables, y cuando se marchen vélos como inocentes, pues ya han recibido su sentencia” (Avot 1, 8).

 

La actitud ante el goi (no judío)

“El Estado de Israel asegurará una absoluta igualdad de derechos sociales y políticos a todos sus habitantes, sin distinción de religión, raza o sexo; garantizará la libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura” (de la Declaración de la Independencia).

Mucho es lo que podemos aprender sobre la actitud de nuestros sabios ante los no judíos a partir de la historia de Shimon Ben Shetaj, que comerciaba en lino. Sus discípulos le dijeron: Rabí, deje eso, le traeremos un asno y no se fatigará tanto. Fueron a comprarle un asno de un árabe. Cuando Rabí Shimon Ben Shetaj lo recibió, vio que de su cuello pendía una piedra preciosa y preguntó a sus discípulos: ?El árabe que se los vendió sabe que olvidó esta joya? Le respondieron que no, y les dijo: Vayan a devolver la piedra a su dueno árabe. Los discípulos le dijeron: Rabí, no se trata de un hurto, en este caso se trata de un extravío (del árabe) y no es necesario devolverla. Les dijo: Pensarán que soy codicioso y ladrón.

Este breve relato nos ensena un aspecto importante para comprender la actitud hacia el no judío. La conducta de Rabí Shimon Ben Shetaj demuestra que quien no es judío merece un trato justo y correcto, y el significado del relato es actual en nuestros días. Solemos analizar la condición de un pueblo o estado de acuerdo con su actitud hacia los judíos que viven en él; es obvio que también nosotros, en el Estado de Israel, el estado judío, somos examinados de acuerdo con nuestra actitud hacia las minorías no judías que viven con nosotros. Es difícil exigir una buena conducta del prójimo si nosotros mismos no nos comportamos de la misma manera. De este relato podemos aprender que todas las naciones tienen un origen común y que quienes no son judíos también han sido creados a imagen de D’s. Para que la gente aprenda a comportarse como corresponde, los maestros deben mostrar a sus alumnos cómo hacerlo.

 

La actitud ante el guer (prosélito)

Guer es un no judío que adopta la religión judía. En la historia y las fuentes del judaísmo se observan dos actitudes ante él. Por una parte, nuestros sabios dijeron: “Los guerim son bien queridos, pues en todas partes las Escrituras los consideran miembros de Israel” (Bamidbar Rabá 8); y por la otra: “Un guer que se ha convertido se parece a un pequeno recién nacido” (Yevamot 22, 1). También podemos leer que “quien acerca a un extranjero y lo convierte al judaísmo es como si lo hubiera creado”, y “Los guerim son fastidiosos para Israel como la tina” (Yevamot 47, 2). ?Cómo debemos comportarnos, entonces, con los guerim: como miembros de Israel o como la tina? El midrash nos ofrece la respuesta: “D’s no rechaza a ninguna criatura y acepta a todas. Los portales se abren a toda hora y quien quiera entrar, que entre” (Pesikta 25). Se dice que “D’s exilió a los judíos entre todas las naciones para que se les incorporaran guerim”. Cuando un no judío quiere integrarse al judaísmo debemos brindarle amor, mostrarle las dificultades y ayudarlo a incorporarse a nosotros. La Torá nor ordena “amarás al guer” (Dvarim 10:19) y por eso no debemos recordar a quien se integra al judaísmo que en el pasado no era judío. Cabe recordar que el judaísmo no es una religión misionera que trata de difundir su fe, pero no obstante recibe con los brazos abiertos a quienes acuden a ella.

?Se puede amar a un guer? Ciertamente sí, si reordamos los largos anos en que fuimos extranjeros en Egipto.

 

La actitud ante el prisionero y el enemigo

“No te alegres por la caída de tu enemigo ni se goce tu corazón cuando se hunda” (Mishlei 24, 17). Estas instrucciones constituyen la antítesis total de la naturaleza humana, que se regocija ante la derrota del enemigo. ?Por qué se nos exige, precisamente en tiempos de guerra, frenar nuestros instintos y sentimientos? La razón es simple: “a imagen de D’s los creó” a todos los seres humanos, enemigos y amigos, y una persona no debe alegrarse por el mal que se abate sobre su prójimo, que también ha sido creado a semejanza de D’s. Más aún: una actitud hostil ante el enemigo y el prisionero reforzará el odio y suscitará guerras. ?Cómo sobreponerse al odio al enemigo? Podemos saberlo por la leyenda que relata que cuando los Hijos de Israel cruzaron el Mar Rojo, los ángeles divinos quisieron entonar cánticos a D’s que había salvado a su pueblo y ahogado a los enemigos egipcios. D’s dijo entonces a los ángeles: También los egipcios, enemigos de Israel, son producto de mis manos, ?y quieren cantar cuando se hunden en el mar? (Sanhedrín 39, 2).

 

La beneficencia

“Estas son las cosas cuyos frutos consume una persona en este mundo y que lo mantienen en el mundo por venir: el respeto al padre y a la madre, las buenas acciones, la asistencia a la sinagoga para Shajarit y Arvit, la hospitalidad, las visitas a los enfermos, la contribución para la dote de una novia, sepultar a un muerto, la lectura de las plegarias, la instauración de la paz entre un hombre y su prójimo y entre el marido y la esposa; y el estudio de la Torá vale más que todas ellas” (las bendiciones matutinas del Sidur).

En este breve fragmento se mencionan varios preceptos entre el hombre y su prójimo: las buenas acciones, sobre las que se dice que “el mundo se sostiene sobre tres pilares: la Torá, el culto y las buenas acciones” (Avot 1, 2). No se trata de un precepto específicamente definido, sino de ayudar al prójimo desinteresadamente. La beneficencia constituye una expresión manifiesta, si bien reducida, de la beneficencia, pues significa brindar ayuda material al necesitado. Nuestros sabios la elogiaron diciendo que “la beneficencia equivale a todos los preceptos” (Baba Batra 9, 1), y en Mishlei 10, 2 dice: “la beneficencia salvará de la muerte”. La beneficencia como concepción de mundo es un “invento” del judaísmo, difundido en las culturas occidentales.

Los jasidim relatan: Cierta vez, Rabí Abraham de Trest preguntó a uno de sus discípulos, que era inmensamente rico y sumamente avaro, por qué no donaba dinero para beneficencia, y éste le contestó: Lo haría, pero estoy buscando al pobre que merezca recibirlo. El Rabí replicó: D’s no ha buscado al hombre merecedor para darle riquezas, ?y tú buscas al pobre digno de recibir algo?

Existen varias halajot para dar cumplimiento al precepto de la beneficencia; la primera de ellas es Matán Beséter (dar en secreto), destinada a que quien la recibe no sepa quién es el donante y que éste no pueda vanagloriarse de sus acciones. Quien da en secreto es un verdadero benefactor que cumple con el precepto de “no avergonzar al prójimo en público” y debe donar con alegría y de todo corazón; no se hace beneficencia forzada y con el corazón contrito. “Shamai decía: Recibe a todos de buenas maneras. ?Cómo hacerlo? Si alguien obsequia a su prójimo los mejores bienes del mundo con rostro airado, es como si no le hubiera dado nada; pero si alguien recibe a su prójimo con expresión radiante aunque no le hubiera obsequiado nada, es como si le ofreciera los mejores dones del mundo” (Avot de Rabí Natán).

Quien hace beneficencia, debe donar de acuerdo con sus posibilidades y con las necesidades del carenciado sin demorar la entrega, pues en Mishlei 3, 28 dice: “No digas a tu prójimo (según Rashi, al pobre): Vete y vuelve, manana te daré si tienes algo en tu poder”. Es decir, quien hace beneficencia debe dar al necesitado sin dilaciones ni vacilaciones, para cubrir sus carencias.

Los jasidim cuentan que una vez llegó un pobre a la casa de Rabí Menajem Mendl de Rimanov y se quejó de su situación. El justo sacó de inmediato dinero del bolsillo y se lo dio; el pobre le agradeció y prosiguió su camino. Rabí Menajem Mendl envió detrás de él a uno de sus jasidim para que lo hiciera regresar, y volvió a darle una suma considerable. Cuando los jasidim lo interrogaron por el sentido de su conducta, les respondió: Primero oí el triste relato de ese pobre y le di algo para calmar mi dolor y apaciguar mi ánimo; no lo hice por beneficencia, sino para mí mismo. Por eso le volví a dar, para cumplir con el precepto de la beneficencia.nor”. Hallar gracia es adular, reconciliarse.

 

La hospitalidad

Los sabios solían elogiar la hospitalidad y se detenían en el cumplimiento de este precepto que forma parte de la beneficencia: “Recibe a todos con alegría” (Avot 3, 12). Yosi ben Yojanán de Jerusalem dijo: “Que tu casa esté abierta de par en par, y que los pobres la visiten con frecuencia” (Avot 1, 5).

?Existe una norma de hospitalidad? Ciertamente que no; cada uno se comporta de acuerdo con sus posibilidades y con las necesidades del huésped, pero se debe cuidar de no avergonzarlo, sino de hacer todo lo posible para que se sienta honrado y bien recibido. No obstante, tampoco se debe exagerar en su atención, para que no sienta el deseo de marcharse.

Se cuenta que un hombre hospitalario albergó cierta vez en su casa a un conocido durante tres días; cuando el huésped estaba por marcharse, el anfitrión se disculpó por no haberlo atendido como correspondía. El huésped le respondió: Está bien, cuando te alojes en mi casa te mostraré cómo se recibe a las visitas.

Pocas semanas después se intercambiaron los papeles: el huésped fue anfitrión y el anfitrión fue huésped. Para su sorpresa, no vio ningún preparativo especial en su honor. Cuando estaba por marcharse, dijo a su anfitrión: ?Cómo es posible? Y éste le respondió: Cuando estuve en tu casa te comportaste conmigo como un extrano, y por eso me atendías todo el tiempo; yo te prometí un tratamiento mejor y te recibí en mi casa como un miembro de la familia (cuento popular traducido del alemán por A. Stall).

Al respecto decían los jasidim: “Más de lo que el huésped necesita un anfitrión, el anfitrión necesita un huésped”. Siempre debemos recordar que “un huésped que molesta al dueno de casa es mal visto” (Maséjet Dérej Eretz Zuta 8).

En el Tesoro de Apólogos y Refranes encontramos lo siguiente:

Esta es la norma de un huésped:

El primer día es como una luz radiante,

el segundo día fastidia a los habitantes,

el tercer día se vuelve una carga agobiante,

el cuarto día, si es avispado, huye rampante.

 

Las visitas a los enfermos

“Quien visita a un enfermo lo ayuda a vivir” (Nedarim 39, 2). Este precepto se desprende del de la beneficencia. La visita a los enfermos no reemplaza la atención médica, pero nuestros sabios comprendieron que casi todas las enfermedades que afectan al cuerpo implican también factores anímicos, como la sensación de soledad del enfermo, que padece y que, al estar fuera de su casa, generalmente se siente aislado y alejado de su familia. Se cuenta que uno de los discípulos de Rabí Akiva enfermó, y ni los sabios ni sus companeros fueron a visitarlo. Rabí Akiva fue a su casa y barrió el piso, sacudió el polvo, limpió la casa y tendió la cama del enfermo. Este le dijo: “Rabí, me ha hecho revivir”. Rabí Akiva salió de allí y dijo: “Quien no visita a un enfermo es como si derramara su sangre”.

En la plegaria Shmone Esre, que el judío pronuncia tres veces al día, dice: “Cúranos, D’s, y nos curaremos; sálvanos y nos salvaremos, porque Tú eres nuestra gloria, quien cura y sana todos nuestros males, heridas y dolores”. Quien así lo desee, puede anadir aquí una plegaria para que el enfermo acceda a “toda la curación del cielo, para el alma y el cuerpo” que le envíe D’s.

 

La salvación de la vida

Nuestros sabios estipularon: “quien hace perder una sola alma es como si hubiera hecho perder un mundo entero, y quien salva un alma es como si hubiera salvado un mundo entero” (Sanedrín 4, 5). La vida del ser humano le ha sido otorgada en custodia por D’s, y nadie tiene derecho a tomarla. A fin de aclarar la postura del judaísmo, Maséjet Baba Metzía (62, 1) refiere el siguiente relato:

Dos personas marchan por una senda y una de ellas lleva un cántaro con agua. Si los dos beben, ambos morirán porque el agua no alcanza para los dos; si uno solo bebe, podrá llegar a una población y el segundo morirá en el camino. Ben Petura, un sabio de aquellos tiempos, dijo que era preferible que ambos bebieran y ambos murieran, para que uno no viera la muerte del otro. Pero Rabí Akiva ensenó: “Que viva tu hermano junto a ti” (Vaikrá 25, 36): tu vida precede a la de tu amigo. Es decir, se debe salvar la vida de uno y no dejar que ambos mueran.

Todos debemos salvar a una persona que se halla en peligro; no podemos desentendernos de alquien que se halla en peligro, y quien abandona a alguien es como si lo matara.

En muchos casos, para salvar a alguien corre riesgo la propia vida, se puede perder dinero, causar danos al patrimonio o afectar la salud. Por ejemplo, si alguien salta a un río vestido y con la billetera en el bolsillo para salvar a un nino, o quien se arriesga para salvar a otras personas atrapadas en una casa en llamas, o un enfermero que es herido mientras socorre a un soldado en el campo de batalla, sirven de ejemplo de que “quien salva un alma judía es como si hubiera salvado un mundo entero”.

 

 

La buena vecindad

“Mejor es vecino próximo que hermano alejado” (Mishlei 27, 10).

La buena vecindad no tiene límites. Hay casos de buena vecindad en los que los vecinos no mantienen relaciones, según la costumbre norteamericana de que “las buenas cercas hacen a los buenos vecinos”, y hay otros en los que “un buen vecino debe hacer más de lo obligatorio, olvidar los danos que pudiere sufrir y recordar las ventajas” (Midrash Shmuel, Avot 2, 10). Las relaciones de buena vecindad son necesarias para vivir en paz y pueden dar testimonio del carácter y la conducta de una persona, pero no significan “meterse en la vida” del vecino, sino todo lo contrario. Un buen vecino no entra a cada rato a la casa de sus vecinos, no interfiere en sus asuntos y no les hace perder tiempo con conversaciones vanas. Un buen vecino acude en ayuda cuando es necesario y trata de no producir ruidos molestos, un estilo de vida ofensivo u otros perjuicios. No cabe duda de que entrar en minucias y nimiedades superfluas lleva a rinas y disputas, mientras que las concesiones conducen a la paz. En Holanda se dice que “quien tiene buenos vecinos puede dormir tranquilo”.

 

La preocupación por el débil, el huérfano y la viuda

Una viuda pobre se detuvo junto a la ventana de Rabí Jaim de Zans para vender manzanas, pero nadie le compraba. Cuando llegó la tarde y aún no había vendido nada, comenzó a llorar amargamente. Su llanto llegó a oídos del Rabí, que salió y le preguntó: “?Qué te pasa?” “El Shabat está por llegar y no he ganado nada para comprar lo que necesito”. “?Por qué la gente no compra tus manzanas?” preguntó el rabino. “Dicen que no son buenas”, se quejó la viuda.

Rabí Jaim se apostó en su lugar y comenzó a vocear: “!Buenas manzanas! !Vendo buenas manzanas!” Corrió la voz de que el rabino vendía manzanas, y tanta gente se apresuró a comprarlas que se agotaron rápidamente. El justo dijo a la viuda: “?Ves? Las manzanas eran buenas, pero la gente no lo sabía”.

La acción de Rabí Jaim es un ejemplo de preocupación por el débil, la viuda y el huérfano, que no tienen quién se ocupe de ellos.”No afijas a la viuda y al huérfano” (Shmot 22, 21); por eso la comunidad debe ocuparse de cubrir sus carencias.

La sociedad moderna ha creado instituciones y organizaciones destinadas a ayudar a los más débiles; no cabe duda de que las más destacadas son Habitúaj Haleumí (el Seguro Social) y Sherut Hataasuká (el Servicio de Empleos), pero podríamos mencionar decenas de leyes, enmiendas y decretos destinados a ayudar a los más débiles, al huérfano y a la viuda: la asignación de asientos especiales para los discapacitados y ancianos en el transporte público, la instalación de ascensores especiales para sillas de ruedas, la construcción de rampas para los discapacitados, las exenciones impositivas parciales o totales y muchos otros ejemplos orientados a los mismos fines.

Pero la actividad de las instituciones aún deja lugar para las personas que desean ayudar a los refugios para mujeres castigadas, efectuar donaciones a los orfanatos, invitar a una viuda a la cena festiva, contribuir con instituciones para ciegos o colaborar con los ninos discapacitados. Las posibilidades son ilimitadas y todos debemos aportar algo para aliviar al prójimo.

 

La maledicencia

“La muerte y la vida están en poder de la lengua” (Mishlei 18, 21). La boca pude elevar a una persona o humillarla. La lengua ha sido comparada con una flecha: si una persona desenvaina una espada para matar a su prójimo y éste suplica y le ruega misericordia, el matador potencial se arrepiente y vuelve a envainar la espada; pero una vez que se dispara una flecha, aunque se quiera hacerla volver ya no es posible (según Midrash Shojer Tov 120).

El dano causado por la maledicencia es muy difícil de reparar. No siempre nos damos cuenta del perjuicio. En la sociedad moderna se han difundido dos consignas -la libertad de expresión y el derecho de saber- que a veces son utilizadas para agraviar, insultar, ofender y calumniar. Si preguntamos a un maledicente de dónde ha sacado esas expresiones, responderá: “Lo escuché”, “me dijeron”, “participé en una conversación en la que se comentó”, “me lo contó un amigo”. En muchos casos, la maledicencia se basa en afirmaciones sin sentido, pero una vez que han sido pronunciadas causan un dano difícil de reparar.

Nuestros sabios decían: “La maledicencia mata a tres: a quien la emite, a quien la oye sin desmentir al hablante y a quien está destinada”. Los sabios judíos la denostaron en numerosas ocasiones. La Torá nos ordena: “No difames a los tuyos” (Vaikrá 19, 15) y el Salmista senaló: “?Quién es el hombre que apetece la vida, deseoso de días para gozar del bien? Guarda tu lengua del mal y tus labios de decir mentira; apártate del mal y haz el bien, busca la paz y anda tras ella” (Tehilim 34, 13-15).

Nuestros sabios dijeron: “Quien se dedica a la maledicencia no tendrá parte en el mundo por venir” (Pirkei de Rabí Eliezer 53); “quien se dedica a la maledicencia merece ser lapidado” (Arajín 15, 2).

Los jasidim preguntaron a su rabino a quién prefería: a quien desprecia a su prójimo o a quien se alaba a sí mismo. Les respondió: A quien se alaba. ?Por qué? Porque peca dos veces: miente y se vanagloria, pero quien desprecia a su prójimo y lo involucra en su maledicencia peca tres veces: miente, se vanagloria y se regocija con el oprobio de su prójimo.

 

La verdad y la mentira

“Aléjate de causas mentirosas” (Shmot 23, 7); “He aquí las cosas que debéis hacer: decid verdad unos a otros” (Zejaria 8, 15). La verdad y la mentira se contraponen como el blanco y el negro, pero Rabí Menajem Mendl de Kotzk dijo: “Para que la verdad triunfe, se debe sepultar primero a la mentira”.

La verdad constituye uno de los fundamentos de la sociedad, uno de los valores básicos sin los cuales no puede existir una sociedad organizada. Veamos algunos ejemplos:

Creemos a nuestros maestros cuando nos ensenan la verdad.

Creemos que nuestran calificaciones responden a criterios verdaderos.

Creemos que el peso anotado en los envases de los alimentos es el correcto.

Creemos al vendedor que el precio de un artículo es verdadero y no exorbitante.

Creemos o queremos creer que es verdad lo que nos dicen las autoridades del gobierno y del ejército.

Creemos que la justicia es recta y veraz.

Toda nuestra vida se basa en la confianza en el prójimo. Si dicha confianza tambalea, toda la sociedad se desmorona, porque no podría subsistir basada en la mentira, sino que debe sustentarse en la verdad.

Nuestros sabios dijeron: “El castigo de un mentiroso es que no le crean aunque diga la verdad” (Sanedrín 89, 2).

Todos conocemos desde la infancia el cuento del pastor mentiroso. El pastor salió a apacentar las ovejas y en son de broma gritó: !Socorro, el lobo! Los campesinos lo oyeron y corrieron a ayudarlo, pero vieron que era mentira. El joven repitió la acción un día tras otro, hasta que una vez realmente llegó el lobo. Nuevamente comenzó a gritar: !Socorro, socorro! !El lobo! Pero los campesinos pensaron que mentía nuevamente para burlarse de ellos y no acudieron en su ayuda. El lobo comprendió que no había peligro alguno y devoró todo el rebano (fábula de Esopo). El precio de la mentira fue perder la confianza de los campesinos; y sin ella, perdió todo el rebano.

Los jasidim de Jabad cuentan que su primer rabino, Rabí Shneur Zalman de Liady, estudió durante siete anos qué era la verdad, otros siete anos se dedicó a expulsar la mentira y durante siete anos más se esforzó por introducir la verdad en su corazón.

 

La adulación

Nuestros sabios se ocuparon de la adulación al comentar el encuentro de Yaacov, que volvía a Eretz Israel desde la casa de Laván, con su hermano Esav. En Bereshit 33, 8 dice: “Dijo Esav: ?Qué pretendes con toda esa caravana que acabo de encontrar? Es para hallar gracia a ojos de mi se

Nuestros sabios decían de Rabí Yehuda Hanasí, líder del pueblo a fines del siglo II y principios del siglo III (durante el dominio romano): “Rabenu viajaba a Roma para anular decretos perjudiciales, leía la parashá de Yaacov y Esav y no llevaba a ningún romano consigo (tal como hiciera Yaacov, que no quiso marchar con Esav). Cierta vez no leyó esa parashá y llevó consigo a varios romanos. Sólo había llegado a Ako, al principio del camino, cuando vendió su vestimenta. Rabí Yonatán dijo: Quien quiere congraciarse y adular al rey o al gobierno y no conoce sus hábitos y costumbres, que lea esta parashá y aprenda de ella las tácticas de adulación” (Midrash Lékaj Tov, Vaishlaj, 61).

Los sabios eran conscientes de los peligros de la adulación: “Ama a quien te reprende (por tur errores y equivocaciones) y odia a quien te alaba (porque con sus elogios te perjudica, ya que no corregirás tus errores) (Avot de Rabí Natán 29).

La adulación es una cualidad reprobable porque tergiversa la verdad y acepta lo prohibido. Cuando se alaba a quien ocupa un alto cargo por una mala acción, esos elogios constituyen adulación y ocultamiento de la verdad.

En Mishlei 11, 9 se resume este principio en pocas palabras: “Con boca aduladora corromperá a su prójimo”. Rabí Eleazar dijo: “Quien cometa adulación caerá en el infierno” (Sotá 41, 2).

 

 

La envidia

Dos casos de envidia relatados en el Tanaj fueron causa de grandes males. La envidia de Caín por su hermano Abel, porque D’s había aceptado el sacrificio de Abel pero no el suyo, llevó al primer asesinato del mundo. Otro caso fue el de la envidia de Shaúl por David. Después del combate contra los filisteos, en el que David matara a Goliat, las mujeres cantaban: “Saúl mató a sus millares y David, a sus decenas de miles” (I Shmuel 18, 7). De esta manera exaltaban las acciones de David diciendo que eran mayores que las de Shaúl, y así despertaron la envidia de Shaúl, que persiguió a David por todas partes y en algunas ocasiones hasta trató de matarlo.

Cabe recordar también el caso de los hermanos de Yosef, que lo arrojaron a un pozo. ?Por qué? Porque estaban enojados con él, no sólo porque los había calumniado ante su padre, sino que sentían envidia porque su padre Yaacov lo amaba más que a ellos.

Los jasidim cuentan lo siguiente: Una vez un discípulo preguntó a su rabino cómo podía explicar la afirmación de los sabios de que no hay nada que no tenga un lugar en el mundo, si a veces está todo tan hacinado que no hay lugar. El rabino les respondió: la razón es simple: cada uno quiere ocupar el lugar de su prójimo.

La envidia es la falta de capacidad de tolerar el éxito de los demás. El envidioso se caracteriza por los celos, se lamenta por lo que tiene el otro y desea lo mismo para sí. Un jasid dijo a sus discípulos: la Torá prohibe la envidia, y gracias a D’s no envidio a nadie, salvo al judío que viaja a Eretz Israel.

 

 

La modestia

“Moisés era un hombre muy modesto, más que hombre alguno sobre la faz de la tierra” (Bamidbar 12, 3). Los sabios ya nos habían ensenado que desde Moshe (Rabenu) hasta Moshe (Ben Maimón) no hubo otro como Moshe. De aquí podemos comprender la modestia de Rambam: en la carta que enviara a Rabí Shmuel Ibn Tibón hizo referencia a sus actividades cotidianas, que iban desde el palacio del sultán de El Cairo (en donde era médico) hasta su propia casa, en la que lo esperaba mucha gente: “Desciendo del estrado, me lavo las manos y salgo a reconciliarlos y apaciguarlos para que accedan a esperarme hasta que ingiera una comida liviana”. Desde su elevada posición en la corte real descendía al pueblo sin considerarlo un deshonor. Por supuesto, Rambam cumplía el principio de los sabios: “Una persona debe ser tan modesta como Hilel” (Shabat 31, 1).

Una leyenda refiere que dos estudiosos viajaban de una ciudad a otra; el primero lo hacía en una carreta uncida a un caballo flaco y débil, y el segundo en un magnnífico carruaje llevado por cuatro caballos soberbios. Se encontraron a mitad de camino y después de saludarse y abrazarse, el segundo preguntó: ?Para qué necesitas cuatro caballos? Este le respondió: Los cuatro caballos te sacarán de cualquier apuro y no te hundirás en el lodo o los pantanos. Su amigo replicó: Precisamente por eso tengo un solo caballo: con un caballo flaco y débil uno se cuida para no transitar por aquellos lugares por los que tratan de pasar cuatro.

 

El orgullo

Los judíos de Fez cuentan que la ciudad, fundada hace 1.200 anos, fue conquistada por el jeque árabe Muhammad al-Doraidi, que se ensanó con sus habitantes en general y con los judíos en particular. Pocos anos después, la ciudad fue conquistada por el rey de Marruecos, que hizo ahorcar al jeque con una estaca clavada en el vientre. El gentío acudió a la plaza principal para ver a Doraidi ahorcado como el malvado Hamán, pero el jeque no perdió un ápice de su orgullo y gritó desde la horca: “Antes estaba por encima de ustedes, y también ahora lo estoy”. (según J.Z. Hirshberg, “Historia de los judíos de Africa del Norte”, Jerusalem 1965, pág. 252).

Las personas orgullosas, altaneras, ufanas son sumamente negativas. “Rabí Yehuda dijo: Quien se ufana, si es sabio la sabiduría lo abandona; si es profeta, la profecía se apara de él” (Pesajim 66, 2).El altanero debe recordar que el niveld el orgullo al principio es similar al nivel de la vergüenza al final; la intensidad de la altanería se equipara con la de la derrota. “Quien se humilla, es elevado por D’s; quien se eleva, es humillado por D’s” (Eiruvín 13, 2). Rabí Menjaem Mendl de Kotzk oyó de alguien que había muerto de hambre; se asombró mucho y preguntó: “?No había nadie que pudiera darle algo para comer?” Le dijeron: “El orgullo le impidió pedir ayuda”. El justo dijo: “Si es así, ha muerto de orgullo, y no de hambre”.

La conclusión es sencilla: la distancia entre la modestia y el orgullo es muy sutil, y uno debe esforzarse en no enorgullecerse ni enaltecerse, porque “H’ abomina al de corazón altivo” (Mishlei 16, 8).

 

La tolerancia

“Los rostros de las personas difieren entre sí, y también sus opiniones” (Midrash Rabá, Bamidbar 21). Cuando las opiniones no concuerdan surgen las discrepancias. Debemos construirnos internamente a partir de las discrepancias, y para ello se requiere paciencia; para destruir hacen falta el fanatismo y el extremismo. Siempre que se reúnen diferentes personas surgen opiniones distintas sobre religión, sociedad, formas de vida, economía, cultura; sobre casi todos los temas posibles existen opiniones contrapuestas. En el seno de la familia se dan disensos y desacuerdos, pero permanecen en el interior del hogar sin salir al exterior.

Si transformáramos cada discrepancia en una discusión, disputa o pelea, nuestra vida se convertiría en un combate perpetuo y no lograríamos persuadir a nadie. La tolerancia es el fundamento y núcleo de la convivencia fraternal; da lugar a la buena voluntad, el oído atento y el entendimiento que permiten aclarar las discrepancias y hallar la solución a los problemas. Los judíos solían decir que en toda pelea ambas partes son culpables, pues nadie puede pelear consigo mismo. Pero de la misma manera, todas las peleas pueden ser resueltas por ambas partes, por medio de la tolerancia y la comprensión.

 

La unidad

“No os agrupéis” (Dvarim 14, 1): “No hagáis diversos gruops, sino uníos todos en uno solo” (Sifri, véase ib.). En nuestros tiempos y también en el pasado, las sociedades sabían que las polémicas debilitan y que la unidad fortalece. Basta con recordar un ejemplo de la historia del Estado de Israel: el 1° de junio de 1967, en vísperas de la Guerra de los Seis Días, se formó el gobierno de unidad nacional, que representaba a más del 90% de los habitantes judíos del país. La creación de este gobierno insufló nuevos ánimos al pueblo, que estaba abatido. Rápidamente, y gracias a esa acción unificadora, se produjo un cambio drástico, que tuvo parte considerable en la gran victoria.

Nuestros sabios interpretaron la entrega de la Torá también como efecto de la unidad. En todo el deambular de los hebreos dice “viajaron” y “acamparon” en plural, porque tenían opiniones diferentes. Pero cuando llegaron a Sinai “allí acampó Israel frente al monte” (Shmot 19, 2). D’s dijo: Puesto que odian las discrepancias y aman la paz, y han acampado en un solo lugar, ha llegado el momento de darles la Torá (Midrash Rabá, Vaikrá 9, 9).

 

La paz

Tres veces al día, un judío concluye la plegaria de la Amidá (Shmoné Esré) con la siguiente frase: “Quien hace la paz en las alturas hará la paz sobre nosotros y sobre todo Israel, y decid amén”. Rabí Shimon Ben Jalafta solía decir: No hay nada mejor que la paz, tal como dice en Tehilim 29, 11: “H’ dará poder a su pueblo, H’ bendecirá a su pueblo con la paz” (Midrash Rabá, Bamidbar 21).

La paz es una de las máximas aspiraciones del pueblo judío, que ha padecido tantas guerras y sufrimientos. A lo largo del tiempo, desde nuestra constitución como nación, la idea de la paz ocupa el foco de nuestros anhelos. Muchas generaciones se han educado sobre esa base, y la expectativa de paz sigue siendo la esperanza de enmienda del mundo. Para el Estado de Israel, que pasó cinco guerras contra sus enemigos, la paz es la esperanza más grande y la creencia más firme. El saludo que intercambia la gente, “shalom”, y la paz de Israel con los países vecinos concuerdan con la expresión de la plegaria “que sea bueno ante Ti bendecirnos en todo momento y a toda hora con tu paz, con gran poder y paz. Bendito sea D’s que bendice a su pueblo con la paz”.

 

El respeto a los padres

En una tormentosa noche de invierno, los judíos que salían del Beit Midrash vieron a su rabino que alisaba la tierra con una pala, y de inmediato se detuvieron para ayudarlo. Rabí Zondel vestía un grueso abrigo y no aceptó la ayuda, sino que prosiguió con su tarea banado en sudor. Cuando le preguntaron por qué hacía eso en ese momento y por qué no quería recibir ayuda, les respondió: Por este lugar pasa mi madre cuando va a la sinagoga. La lluvia y la nieve que cayeron en estos últimos días estropearon el sendero, y quiero que mi madre pueda trasladarse con comodidad desde su casa hasta la sinagoga.

Se dice la casa del Rav Kuk era visitada por muchos huéspedes distinguidos, con los que mantenía largas conversaciones. Cada vez que su padre o su madre pasaban junto a la mesa, aunque estuviera acompanado de rabinos importantes, se ponía de pie hasta que su padre se sentara o saliera de la casa.

El precepto de honrar al padre y a la madre no tiene límites. En Shmot 20, 12 dice: “Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que H’ tu D’s te dará”.

Aunque los padres hayan gozado cuidando y criando a sus hijos, esto no disminuye en nada el deber de los hijos de agradecer a sus padres ilimitada y desinteresadamente. El deber de honar a los padres es absoluto y no deja lugar para ninguna vacilación sobre qué se debe hacer y qué no; se debe hacer todo.

Fuente: Mesuah.org

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